Siempre que me despierto lo hago de mal humor, y más si es de la siesta, y cuando lo hago no pienso en la cantidad de cosas buenas que están por pasar en el día, sino en que quiero volver a la cama y dormir durante horas. Nunca disfruto lo suficiente de los buenos momentos, porque tengo la dichosa manía de pensar en el futuro, en las consecuencias y en los malditos finales que tengan que venir después, y que nublan mi visión del presente. Suelo soñar muy a menudo, con cosas tan fantásticas que se podrían escribir libros entreros sobre ellas, pero la verdad es que debería aprender a no imaginar tanto porque cuando las fantasías se acaban, cosa que suele ocurrir con bastante frecuencia, caigo en picado a la realidad. Mi estado de humor es como una montaña rusa en hora punta que no para de subir y bajar, aunque para ser sinceros, paso más tiempo abajo que arriba. Los días de lluvia bajan mi ánimo hasta el suelo, y sin embargo, no todos los días que sale el sol soy feliz. Soy pesimista por naturaleza, y si algo puede salir mal yo pienso que saldrá aún peor. Debo reconocer que a veces les tengo envidia, pero la verdad es que me enerva la gente que es optimista ante todo porque cuando hay personas que mueren de cáncer a diario o que contraen el sida, parejas que se separan o familiares a los que no volverás a ver, millones de personas que mueren de hambre mientras otras tienen el gran problema de no saber si decidir ente una mansión en Marbella o en la Moraleja, futuros que se pierden por el camino o amistades que se rompen, no entiendo porque debo ir con una gran sonrisa pegada a la cara, como si nada pudiese acabar con ella, porque sinceramente no me da la gana de aparentar lo que no soy.
Así que, Miss optimismo, siento decirle que por ahora no tienes nada que hacer conmigo. Sinceramente espero tener una larga amistad contigo, pero a día de hoy lo veo poco probable
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